El Partido Popular ganó el domingo las elecciones autonómicas y municipales prometiendo que en 100 días le daba la vuelta a la región como si fuera un calcetín. No dijo cómo, a pesar de lo cual obtuvo la mayoría absoluta que solicitaba. Pues bien, tras el apabullante resultado alcanzado, el líder popular está obligado a cumplir sus promesas electorales. ¿Cuáles? Ese es otro cantar, que por ahora sólo hemos escuchado tatareado, sin letra.
Por el momento el futuro presidente de Cantabria nos acaba de anunciar que va a haber recortes y ajustes, que no especifica, porque la situación de la comunidad autónoma, heredada del Gobierno de coalición de regionalistas y socialistas, “está mal, muy mal.” Han sido sus primeras declaraciones tras los fastos y celebraciones por su victoria en las urnas. Ojo al dato porque ese argumento se va a repetir hasta la saciedad en las próximas horas. No sé si será durante 100 días o mil, pero si que vamos a pasar bastante tiempo escuchando que si no se puede hacer esto o lo otro se debe a la mala cabeza de los anteriores gestores.
Con el mismo argumento, el de la herencia, se adoptarán medidas impopulares y se dejarán aparcadas otras que estaban prometidas. No es lo mismo predicar que dar trigo y Diego, que ha logrado una victoria histórica, no debería empezar poniendo condiciones al cumplimiento de sus anuncios electorales. La oposición socialista y regionalista deberá estar muy atenta a que ninguno de los avances sociales logrados en los últimos ocho años sea inmolado en el altar de los ajustes presupuestarios.
Los recortes, si es que el PP cree que debe hacerlos, no pueden ser a costa de quienes están sufriendo la actual crisis. Luego allá el partido conservador si prioriza el turismo rural sobre el I+D+i o el ladrillo sobre los molinos de viento. Son opciones con consecuencias. Y de éstas, que no son a coste cero como cuando se es oposición, deberá responder ante los ciudadanos.