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Tribuna Libre
¿Una nueva oportunidad?
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Juan Diego García
 
Las sucesivas derrotas de algunos grandes partidos de la socialdemocracia europea no se deben tan solo a la manera como han hecho frente a la crisis del capitalismo sino fundamentalmente al abandono de su ideario tradicional. El SPD alemán, el PSOE español, el laborismo británico y el PASOK griego, entre los más destacados, de ser otrora símbolos del ideario socialista en el Viejo Continente se han visto relegados a posiciones menores por el electorado. En su seno se han producido diferencias profundas que en algunos casos se traducen en divisiones que han puesto en peligro su misma existencia como factores reales de poder. En Alemania un importante destacamento de dirigentes políticos y sindicales se unen a otras fuerzas de izquierda para formar Die Linke, precisamente como un intento de volver a las tradiciones del movimiento obrero y del socialismo, abandonadas por la socialdemocracia.

Pero en recientes eventos electorales la socialdemocracia europea parece renacer de sus cenizas. El triunfo de Hollande en Francia y éxitos locales de los socialistas españoles (Andalucía y Asturias) alimentan la esperanza de quienes confíen en una recuperación del electorado sobre la base de ofrecer fórmulas alternativas al neoliberalismo de la señora Merkel y su pupilo Marino Rajoy. La fórmula propuesta parece ser: alcanzar un cierto equilibrio entre la austeridad indispensables para tranquilizar a los banqueros y especuladores y un razonable crecimiento que alivie la dura carga sobre la ciudadanía en forma de recortes brutales en los servicios básicos, los salarios y el aumento efectivo de los impuestos sobre las clases laboriosas.

Las medidas que tome el nuevo gobierno francés en las próximas semanas mostrarán hasta dónde es posible alcanzar estos equilibrios que saquen a la economía europea de su actual estancamiento y permitan conservar al menos lo fundamental del estado del bienestar. En tres meses habrá elecciones parlamentarias en las que Hollande puede obtener un cómodo respaldo a su política o ver debilitadas sus posibilidades reales. El apoyo indispensable de la Izquierda Anticapitalista y otras fuerzas depende en buena medida de lo que el nuevo presidente haga en las primas semanas en términos internos (medidas para cambiar las políticas de duro recorte de su antecesor en el cargo) y externos (sobre todo, limitar al máximo el poder avasallante de la canciller alemana y conseguir una nueva correlación de fuerzas dentro de la UE).

El generoso apoyo de la izquierda a Hollande no es un cheque en blanco y seguramente el nuevo gobernante francés tendrá que empezar por cumplir con sus promesas electorales. Frenar a los especuladores y dar un vuelco al papel del Banco Central Europeo es sin duda una meta indispensable para intentar establecer nuevas reglas de juego y dar alguna satisfacción al amplio descontento que recorre todo el continente. Volver al ideario de una Europa que no sea solo la de los mercaderes y la del contingente segundón de la OTAN serían objetivos que podrían dar a la socialdemocracia una nueva oportunidad. O sea, retornar a la construcción del estado del bienestar (en lugar de impulsar su desmantelamiento), reconstruir algún tipo de pacto capital-trabajo (en lugar de “americanizar” las relaciones laborales) y abandonar las aventuras demenciales del imperialismo estadounidense (en lugar de permanecer en un barco de guerra que hacen aguas por todas partes), son medidas indispensables si es que la socialdemocracia aspira a jugar algún papel relevante en el futuro saliendo de su actual crisis teórica y política.

En España se produce -al menos como posibilidad cercana- un fenómeno similar en las filas de la izquierda. Las victorias electorales del PSOE en Andalucía y Asturias (dos territorios de tradición socialista y comunista) podrían propiciar cambios substanciales en el panorama político. En ambas comunidades los socialistas gobiernan con el apoyo de Izquierda Unida, sobre la base de un programa que supone oponerse – se entiende que hasta donde las condiciones lo hagan posible en una administración regional- a las medidas de recorte brutal del gasto social que impulsa Rajoy desde Madrid. Se intenta igualmente hacer algo semejante en Euskadi (País Vasco) pero aquí los socialistas gobiernan con el apoyo del Partido Popular que de hecho ha roto la alianza y exige elecciones anticipadas. Visto sin embargo el impacto de las medidas anti populares del gobierno central en las recientes elecciones de Andalucía y Asturias, nada indica que la derecha salga aquí mejor parada. Podría ocurrir que las fuerzas independentistas de izquierda avanzaran aún más haciendo más complicado el difícil equilibrio entre regiones que tanto caracteriza al estado español.

Naturalmente, las posibilidades de concretar una alternativa a las políticas de duro ajuste de Rajoy están muy limitadas por las condiciones mismas que obligan a una administración regional (Comunidad Autónoma en España) a mantener coherencias básicas con los lineamientos generales de la política estatal. Sin embargo, dentro de estas limitaciones el margen de acción es suficientemente amplio como para mostrar con hechos concretos que es posible ofrecer fórmulas diferentes en el manejo de lo público. La intensa movilización popular de la ciudadanía española puede mantenerse mediante huelgas generales y parciales, como la de ayer mismo que paralizó por completo todo el sistema de enseñanza desde la escuela hasta la universidad y sacó a calles y plazas a cientos de miles de educadores, estudiantes, padres y madres de familia, indignados porque el gobierno central recorta al sistema educativo una cifra mil millonaria alegando que no hay fondos mientras entrega una cantidad semejante a un banco privado (antes una caja de ahorro regional) cuya quiebra es responsabilidad directa precisamente de administradores del actual partido de gobierno.

La protesta en España empieza a manifestarse en formas novedosas de desobediencia civil, de resistencia ciudadana que complementan bien las tradicionales maneras de expresar el descontento. Mientras tanto -y al igual que ocurre en otras latitudes del democrático mundo del capitalismo desarrollado- las autoridades reducen día a día el espacio para las protestas y criminalizan la movilización ciudadana. Parece ser que en Canadá se ha prohibido la formación en las calles de grupos de más de veinte personas, algo que trae a la memoria aquellas leyes de la dictadura franquista en España que convertían en un acto subversivo la formación de grupos de más de tres individuos.

Mucho más complicado para la socialdemocracia resulta el panorama griego. El hundimiento del PASOK a posiciones electorales prácticamente irrelevantes y el avance considerable de nuevas fuerzas de izquierda con posibilidades reales de ganar las próximas elecciones obligan a revisar a fondo las estrategias que llevaron al partido de Papandreu a la ruina política. Los socialistas griegos necesitan revisar ideario, recomponer programas y buscar el acercamiento con las nuevas fuerzas de la izquierda.

La derrota de la derecha en Francia y Grecia ofrece la oportunidad para que la socialdemocracia resurja de sus cenizas. Podría producirse un escenario semejante con la posible derrota de Merkel en Alemania el año entrante, algo que exigiría un cambio muy profundo en el SPD para la conformación de nuevas alianzas superando el empecinado anticomunismo que le lleva al rechazo sistemático de acercamientos con Die Linke (La Izquierda). Tampoco debe descartarse que el PSOE goce de una segunda oportunidad frente a sus electores (una parte importante de las clases laboriosas) pues de ser ciertas las predicciones de destacados analistas (P. Krugman, entre otros) será cuestión de meses para que España caiga en una crisis de dimensiones catastróficas similar a la de Grecia. En tales condiciones parecería obligado convocar a nuevas elecciones haciendo buena la premonición de quienes hablan del actual gobierno como el reinado de “Mariano el Breve”.

Pero para que sea posible un panorama tan feliz, la socialdemocracia tiene que ir mucho mas allá de ofrecer una carga un poco menos dura a la población, una salida algo menos dolorosa de la actual crisis. Sobre todo porque a juzgar por el nivel de las protestas, la madura ciudadanía del Viejo Continente no parece dispuesta a renunciar a derechos fundamentales y no se contentaría con dádivas menores y promesas vanas.

Si la socialdemocracia decepciona (empezando por Hollande) y resulta incapaz de salir del neoliberalismo que la ha caracterizado en las últimas décadas, se abren entonces muchas perspectivas de crecimiento y afianzamiento de nuevas fuerzas de izquierda. Siempre y cuando, por supuesto, se mantenga el marco democrático actual y Europa no se vea otra vez arrojada a la noche oscura del fascismo.
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