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La última locura: que se marche Rajoy
Manu Miramón
Manu Miramón
Fernando Jáuregui
 
Leo, no sin cierto estupor, que algún comentarista al que respeto dice que, si finalmente España resulta intervenida, Mariano Rajoy tendrá que marcharse. Con lo que, añado yo por mi cuenta, nuestro país se convertiría casi en Grecia, en el mejor de los casos Italia, donde el dedo tecnocrático de los eurócratas designa a los jefes de Gobierno sin necesidad de pasar por las urnas, o más bien evitando pasar por las urnas. O, casi peor aún, pasando de nuevo por las urnas, a las que ya acudimos hace apenas unos meses.

Creo que incluso más perjudicial que la asfixia económica que estamos padeciendo es el derrumbre de las instituciones. Tanto la Corona como el Tribunal Constitucional, el Supremo, la televisión pública, la Universidad, el Banco de España o, incluso, la Iglesia, han sufrido los embates de la tempestad. Nos quedaba un Gobierno en precario, sí, bajo el oleaje de una tormenta inmisericorde, de acuerdo, pero que había obtenido una cómoda mayoría absoluta para llegar a La Moncloa. Ahora, seis meses después de haber tomado posesión, ese Ejecutivo, el de Mariano Rajoy, se encuentra ante la hipótesis cierta de una intervención de no se sabe bien qué calibre ni extensión, y ante el paredón de fusilamiento que quieren imponerle algunos observadores (por lo demás cualificados) de la vida política.

Me preocupan intensamente esos intentos de desmontar a un Gobierno que fue legítimamente establecido por el mandato de las urnas -independientemente de lo que haya votado cada uno, es el Gobierno de España--. Intentos que debilitan el único vestigio que nos va quedando de estabilidad y coordinación, de cordón umbilical con un cierto pensamiento coherentemente democrático. No seré yo, ciertamente, quien diga que todo se ha hecho bien desde el equipo de Rajoy; me parece que algún ministro, no de los principales por cierto, va sobrando, y que es urgente modificar algunas cosas principales en la carta de navegación: una nueva forma de gobernar, en suma. Pero de ahí a sugerir que una intervención europea -sea eso lo que fuere, que ahora lo consideraremos_debe conducir a Mariano Rajoy a la puerta de salida, hay un abismo.

Entre otras cosas, porque hay que despojar a una posible intervención -que yo, desde luego, considero indeseable_de muchos dramatismos; ni eso va a significar el hambre vagando por las calles ni la deslegitimación de las instituciones españolas, que bastante se deslegitiman por sí solas, por cierto. La intervención, como sugería algún diputado de la izquierda, creo que certeramente, sería, de ocurrir, algo pactado con las autoridades españolas, y no una carga de la caballería ligera de los mercados y de los 'cabezas de huevo' europeos para quedarse con lo mejor del país.

Eso sí; Mariano Rajoy tiene que proceder a un gran pacto con la oposición, con las oposiciones, para blindarse contra la catástrofe que predicen los catastrofistas, valga la redundancia. Mariano Rajoy tiene que anticiparse a la debacle, a los golpes de mano, algunos incluso mediáticos, que quisieran verlo derribado; demasiado independiente, quizá. Va siendo urgente que saque, de donde la encuentre, madera de estadista y que actúe como tal. Yo, que voté como voté en las pasadas elecciones --perdón; un último velo de pudor, quizá equivocado, me impide declararlo--, haré cuanto esté en mi mano para que Mariano Rajoy y su equipo, mayoritariamente válido, se mantengan. Estemos o no intervenidos, que eso es -confío en que usted entienda el sentido en el que lo digo- casi lo de menos a estas alturas.

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