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¡Vaya semanita que nos espera!
La semana amenaza con ser de infarto. A los nuevos recortes en políticas sociales y a las subidas de impuestos y tasas que afectarán a los de siempre, se unirán la reducción de pensiones y un nuevo tajazo en los sueldos de los funcionarios. Que se sepa no está previsto adoptar ninguna medida contra los principales causantes de la quiebra del país: la banca y lo especuladores. Ni siquiera pedir ayuda a las grandes fortunas. Es más, las ultimas facilidades dadas por Montoro a los defraudares fiscales son tales que más que amnistía fiscal se trata de hacer borrón y cuenta nueva.

No exagero si les digo que esta puede ser una semana trágica. No se si el Gobierno es conciente del nivel de hartazgo ciudadano, del sordo cabreo existente en amplias capas de la sociedad. No es sólo que mes a mes, semana a semana, perdamos derechos sociales, económicos e incluso políticos. Es que las explicaciones que se nos ofrecen para justificar dichas medidas o son escasas o de las que hacen pensar que nos están tomando por imbéciles.
El tijeretazo que le van a meter a la cuentas públicas esta semana, siete día después de la entrada en vigor de los presupuestos Generales del Estado para 2012, convierte a estos en totalmente obsoletos. Nada menos que 30.000 millones de euros más a recortar. No me cabe en la cabeza que nuestros dirigentes políticos sean tan inútiles a la hora de echar las cuentas. Ya fue inaudito que días después de presentar el proyecto de presupuestos, a finales de marzo pasado, anunciaran que se habían quedado cortos y que en picos, palazas, azadones, educación y sanidad les quedaban por recortar 10.000 millones de euros más. Pues todo indica que no pusieron al día sus calculadoras. Ahora afirman que si queremos equilibrar lo que ingresamos y lo que gastamos hace falta quitar de las cuentas del Estado nada menos que otros 30.000 millones de euros.

No me atrevería yo a acusar de no saber sumar y restar a cualificados profesiones como Montoro y De Guindos. Ni a echar en cara a Rajoy que mienta a los españoles. Porque, aunque a veces pueda parecer que es cierto, ello no explicaría del todo el sin vivir en el que nos tienen sumidos. Todo indica, y son las opiniones de alguien que lee de economía pero no es economista, que hay dos razones para que estemos donde estamos y para que al final de semana estemos donde tenemos que estar, si m permiten utilizar la bona forma de argumentar a que nos tiene acostumbrados el presidente Rajoy.

Los 30.000 millones de euro de más que tenemos que ahorrar no es porque estemos gastando más -por encima de nuestras posibilidades, como les gusta decir a los que tienen grandes posibles de los que tenemos los justos- sino que son la resultante de una caída de los ingresos del Estado. Los recortes anteriores han creado más paro y han reducido e consumo. Menos ingreso y más gasto. Pero es que, además, se ha desplomado la solvencia de la mayor parte de nuestro sistema financiero y con ella ha caído en picado nuestro imagen y crédito exterior. El Estado ingresa menos porque los engaños de algunos bancos, finalmente puestos sobre la mesa, han disparado nuestra prima de riego -el interés que paga el Estado para financiarse- y porque la perdida de credibilidad de nuestra economía, y de paso de nuestros dirigente políticos, favorece la especulación de los mercados en contra de los intereses de nuestro país.

Pero si fuera así, que todo apunta a que lo es, ¿qué precio van a pagar los causantes de tamaño estropicio? Porque, que se sepa, para la banca se está ultimando un rescate de 100.000 millones de euros, peor ¿a los ciudadanos quienes y con qué se nos van a rescatar? Resulta increíble que se dediquen los mismos recursos financieros -los citados 100.000 millones- para recomprar la negra espuma originada por el estallido de la burbuja inmobiliaria que los bancos españoles pusieron en marcha, que a implementar en toda Europa políticas de crecimiento que creen empleo.

No me creo, nadie se cree, que la quiebra de un banco acabe con el sistema financiero. Cierto que cerrar unos cuantos bancos crearía de entrada más desempleo, pero probablemente no tanto como el que provoca que esos bancos quebrados hayan dejado de prestar dinero a miles de empresas con miles de trabajadores. Se dice coloquialmente que más vale ponerse una vez rojo que ciento colorado. El Gobierno está en lo contrario. Ha decidido socializar las perdidas de los bancos, cuyas deudas son ya deudas de todos, y les inyectará dinero para sanearlos. Y, sin embargo, esa operación de salvamento, llevada a cabo con el esfuerzo de todos, no redundara en que fluya el crédito para empresas y particulares.

Así, mientras la banca se sanea con nuestro dinero después de haberlo dilapidado, el Gobierno del PP nos vuelve a pedir más esfuerzos. ¿A cambio de qué? ¿De que España no sea intervenida? O ¿quizás es para que Rajoy pueda seguir sacando pecho y diciendo que hace lo que hay que hacer, aunque no le guste -menos nos gusta a los demás-, porque no tiene más remedio debido a la herencia recibida? La paciencia ciudadana tiene un limite. Y no ayuda, precisamente, a templar ánimos que en medio de tantas medias que nos acogotan y acojonas, el presiente del Gobierno haga hueco en su agenda para irse de celebraciones futbolísticas o a entregar códices robados.
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