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Rajoy se enroca
La soledad del Grupo Popular en la convalidación parlamentaria de las nuevas medidas de ajuste, entre ellas la subida del IVA, el recorte en las retribuciones de los funcionarios y la rebaja en la prestación por desempleo, ilustra el bloqueo político que se está produciendo en la gestión de la crisis económica y financiera. Apoyado en su mayoría absoluta, Mariano Rajoy saca adelante todo lo que quiere, pero este método no basta para generar confianza: los costes del endeudamiento de España se mantienen disparados, el país continúa peligrosamente cerca de verse excluido del mercado de bonos y se instala el temor a un otoño caliente.

Hay otras señales alarmantes. El Parlamento español no discutió ayer, ni lo ha hecho ningún otro día, sobre el mecanismo de recapitalización de los bancos españoles. Sí lo hizo el Parlamento alemán, que sostuvo ayer su décimo debate en dos años relacionado con el futuro del euro. El ministro Schäuble hubo de fajarse para superar las resistencias en el partido de la canciller Merkel al plan de 100.000 millones para España —aprobado finalmente por amplia mayoría— cuyos documentos habían sido publicados por los Gobiernos de Holanda, Finlandia y Alemania, pero no por el español. La falta de seriedad ha dado paso a situaciones tan chuscas como valoraciones dispares del monto del ajuste pretendido por el equipo de Rajoy.

Los pobres resultados de la política gubernamental ahondan las incertidumbres. Las responsabilidades en la conducción de la gestión económica y fiscal se cruzan entre el ministro de Economía, Luis de Guindos, el de Hacienda, Cristóbal Montoro, y los asesores económicos de Rajoy en La Moncloa. Montoro se muestra inquietante respecto al vacío de la caja del Tesoro, sin precisar ni el tamaño del desfase ni desde cuándo conoce tal situación. Pero no le importó enfatizarlo, tanto la víspera como el día en que España acudía a una subasta de deuda pública, colocada finalmente a un coste muy caro para nuestros intereses.

Esta inaudita sucesión de acontecimientos completa la cacofonía de mensajes y programas gubernamentales, que un mes se traducen en la negativa a subir más los impuestos y, al siguiente, en el aumento general del IVA; y que oscila entre gestos de orgullo nacional frente a Bruselas e intentos de ocultación de las condiciones que implica la ayuda europea a nuestro sistema financiero. Para poner orden e inspirar más confianza sería útil la figura de un vicepresidente económico, capaz de desterrar la imagen de los bandazos y de coordinar la política anticrisis.

Rajoy debería aclarar también si definitivamente renuncia a pactar las soluciones. Ningún grupo de la oposición le apoyó ayer en la batería de recortes de gastos y aumento del IVA decididos por el Ejecutivo. El líder del partido socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba, criticó las opciones tomadas por el Gobierno para el ajuste y lamentó que Rajoy no haya aceptado la oferta de diálogo que le hizo la semana pasada. El dirigente del PSOE se ha quedado con la mano en el aire, lo que puede forzarle a retirarla.

No da la impresión de que el Ejecutivo busque pactos, sino adhesiones inquebrantables. Acudir solo a la herencia recibida de Zapatero como única explicación de lo mal que van las cosas es politiquería orientada a la parroquia electoral, ignorando que los siete meses de gestión del Gobierno actual tampoco han reducido el déficit. Cada vez es más urgente un liderazgo ejercido con convicción, que luche con denuedo en el resto de Europa contra las cerrazones que ahogan a la economía española, y que intente ofrecer la imagen de un país consciente de su grave situación y unido en torno a un proyecto de salida de la crisis. Y de crecimiento.

Editorial de El País
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